Sortir al carrer, atabalada per si faig tard,
amb moviments robotitzats per la gruixa de roba, capa sobre capa i amb una
bufanda que quasi no em deixa respirar. Surto del portal atenta a quina és la
temperatura: si fred, si molt de fred, si gel, si només fresca, per decidir si
em poso els guants o no. Pujo a la meva bicicleta a sobre de la qual em sento
poderosa, pedalejant i tallant el vent, que em descambuixa però em desperta, a
estones arrebassant-me alguna llàgrima, d’aquestes que no fan mal. Baixo
Blanquerna avall observant com Palma es desperta, escarxada, entelada, farcida
d’abrics i de gent encollida pel fred, de barreres a mig pujar i d’olor a cafè de
cafeteria. A prop del carrer on és el meu destí una bafarada d’aire dolç, caramel·litzat
m’inunda: els croissants i les ensaïmades que creixen dins el forn de llenya de
la Missió, i se m’ ensata la gana, perquè aquest aroma crida a crits i obre
panxes. Fermo la bici i trec les claus per obrir la galeria, tot saludant a les
cares conegudes del mateix carrer, qui desperesant-se la peresa es disposen,
com jo, a començar el seu nou dia. Un cop a dintre i amb totes les llums
il·luminant l’aparador em sec a pensar i fantasejar qui entrarà avui, qui em
donarà conversa, qui creuarà la porta, quines històries de vida tendran les
persones que entrin, quines motxilles les acompanyen, què compartiran o no amb
mi i per què… la dona major a qui no li passa la targeta de crèdit, l’al·lot
que reparteix el youthing, els que venen a veure la exposició i no saluden quan
entren, l’artista veterà que em conta les seves batalles i em repeteix,
esquitxant-me amb saliva, “ai si jo tengués trenta anys manco el que et faria…”,
la dona que entra admirada, es prova tot i no li agrada res, aquells amb qui et
toca fer de psicòloga, totes aquelles persones que de cop zas! T’ensenyen
alguna cosa nova que no sabies... Amb qui em tocarà avui compartir un fragment
del meu temps, de la meva vida? Són aquestes petites quotidianitats diàries les
que fan adonar-me’n de que, en realitat, m’agrada la gent. Les gents. I entre
cosa i cosa ja són la una i mitja, hora de tancar la barrera i deixar que tot
això quedi a dintre, a dintre de mi com vivència diària. I és que en realitat
estar on esteim, fer el que feim, són excuses per compartir temps i vida, moments
irrecuperables que romanen, això sí, en forma de records.
Cajón artístico donde guardar pensamientos, críticas, opiniones, impresiones, divagaciones, que una vez leídos queden en algún recoveco de nuestra memoria, de la misma forma en que guardamos misceláneamente todo aquello inclasificable en el cajón de sastre de nuestro salón.
martes, 3 de diciembre de 2013
viernes, 11 de octubre de 2013
Poesías de piedra
En cada
bloque de mármol veo una estatua
tan clara
como si se pusiera delante de mí,
en
forma y acabado de actitud y acción.
Sólo tengo
que labrar fuera de las paredes rugosas
que
aprisionan la aparición preciosa para revelar
a los otros ojos como los veo con los míos
a los otros ojos como los veo con los míos
Miguel
Ángel Buonarroti
Y bien es cierto que tradicionalmente la escultura como lenguaje
artístico se ha tendido a asociar al género masculino. "La escultura es
cosa de hombres" pensarán muchos, como el whisky o los puros, pues la
fuerza y la destreza necesarias para su modelaje exigen a “nuestro sexo llamado
débil", como decía Martín Vigil, ciertas competencias que, a priori, se dan por supuesto que no
poseemos. Sin embargo son muchas las escultoras que han existido a lo largo de
la historia -Camille Claudel o La Roldana en España serían algunos ejemplos- pero
sin embargo la perspectiva androcéntrica del propio devenir histórico las ha
silenciado exaltando a grandes genios, siempre masculinos, como Cellini,
Buonarotti, Bernini, Donatello, Rodin o Fídias, si nos retrotraemos a la antigüedad
clásica. Como bien afirmaba Christine de Pizán ya en el siglo XIV
"encontrarían muchas más mujeres artistas por el mundo si se tomasen la
molestia de buscarlas". Por suerte las cosas han cambiado y quizás hoy no
resulte tan extraño asociar el lenguaje de la escultura a una mujer artista,
como es el caso de Francisca Llabrés (Palma de Mallorca, 1955).
De padre "marger", Llabrés
creció desarrollando un estrecho vínculo con las formas, tamaños y colores de
las piedras con las que su padre acostumbraba a trabajar. El oficio de
"marger", muy arraigado en la cultura mallorquina, requiere de una
especial sensibilidad a la hora de seleccionar las propias piedras, que deberán
encajar unas con otras a fin de crear un sólido muro. Llabrés, en continuo
contacto con esta tradición, fue adquiriendo destreza a la hora de escoger
materiales y, poco a poco y de forma autodidacta, habilidad para
transformarlos. "Paseo por el campo y encuentro piedras que me llaman la
atención para hacer esculturas. Entonces, decido cargar con ellas. Las trabajo
para que cedan su dureza y adquieran calidez en sus más variadas formas",
afirma la artista.
Las esculturas que Llabrés crea pueden
ser narrativas, como ocurre con aquellas que conforman la serie No a la violencia, donde esbozados
rostros, ocultos bajo estrías pétreas revelan la ceguera a la que nos vemos
sometidos frente a un mundo dominado por un sinfín de violencias que, a menudo,
pasan inadvertidas, naturalizadas sin cuestionamiento alguno y perpetuadas a
modo de tradición. La contundencia de las formas y la aspereza de las
superficies revelan lo incisivo de la violencia y la despersonalización de los
rostros permiten empatizar al espectador, pues cualquiera de nosotros podemos
ser las víctimas.
Por otro
lado, Francisca Llabrés ha plasmado en algunas de sus esculturas una visión
propia de la feminidad, partiendo de vivencias personales parafraseadas en
piedra. La maternidad, la evolución del cuerpo femenino en sus distintas fases
o el amor y la afectividad, son algunos de los temas que dibujan sus
esculturas. En este repertorio abundan las formas sinuosas, ondulantes y, en
muchos casos, entrelazadas, buscando penetrar delicadamente en los materiales a
fin de conseguir acabados sedosos y exquisitos, casi poemas trasladados a
piedra.
El busto, una de las tipologías escultóricas de mayor tradición, también está presente en parte de su producción, persiguiendo en este caso la presencia, la rotundidad, el "estar". Su estilo personal se mezcla con influencias del arte primitivo, como Picasso hizo con las máscaras africanas o el Expresionismo Alemán con lo exótico y tribal, dando como resultado imponentes rostros con carácter y solemnidad.
El busto, una de las tipologías escultóricas de mayor tradición, también está presente en parte de su producción, persiguiendo en este caso la presencia, la rotundidad, el "estar". Su estilo personal se mezcla con influencias del arte primitivo, como Picasso hizo con las máscaras africanas o el Expresionismo Alemán con lo exótico y tribal, dando como resultado imponentes rostros con carácter y solemnidad.
Fragmentos
de vida traducidos en piedra, poemas esculpidos que emanan una belleza pulcra y
delicada y mensajes de contundente reivindicación configuran el universo
escultórico de Francisca Llabrés; piezas que ocupan el espacio como una continuidad
de nuestra existencia, permitiéndonos mirar, deleitarnos y reflexionar. Todo lo que
la mano del escultor puede hacer es romper el hechizo y liberar las figuras
dormidas en la piedra, recuperando de
nuevo palabras de Miguel Ángel.
miércoles, 20 de marzo de 2013
¿Foto-performance? ¿Vídeo-performance? Documentar, o no documentar... esa es la cuestión.
Tal
como apunta Rodrigo Alonso[2] la
dialéctica visible/invisible, decible/indecible, perceptible/imperceptible
constituye uno de los tópicos del pensamiento del filósofo argelino Jacques
Rancière. En su libro Le partage du
sensible. Esthétique et politique, el pensador postula el fundamento
estético de la política, sosteniendo que ésta se caracteriza por delinear
regímenes de visibilidad y decibilidad. En sus propias palabras, "es una
delimitación de tiempos y espacios, de lo visible y lo invisible, de la palabra
y el ruido, lo que define, a la vez, el lugar y el dilema de la política como
forma de experiencia"[3].
Consecuentemente, toda práctica artística, en la medida en que actúa sobre el terreno
de lo visible o lo decible, sobre los espacios y los tiempos del decir, ver u
oír, posee un efecto político necesario, siendo la performance actuada o
documentada un brillante ejemplo de ello.
[1] FÉRAL,
Josette, “La performance i els mèdia: la utilització de la imatge”, Estudis
Escènics. Quaderns de l’Institut del Teatre de la Diputació de Barcelona, n º 29 (coord. por
Glòria Picazo), Institut del Teatre, Barcelona, 1988, pág. 167
[2] ALONSO,
Rodrigo, “Entre el documento y el espectáculo. El videoarte contemporáneo” en
VV.AA. Tragicomedia (cat.exp.), Caja Sol,
2008.
miércoles, 30 de enero de 2013
El peso de la feminidad
Marta
Murgades. “Mostra d’hivern”
Galería
ArtMallorca
C/Missió,
nº 26, Palma.
11
enero - 1 febrero
Una de las grandezas del arte es que por su esencial
naturaleza de expresión individual permite a las personas recorrer un camino introspectivo
hacia la complejidad de su existencia. Una existencia marcada desde nuestro
nacimiento por un sentido trágico de la misma. En la filosofía estoica, la
enfermedad y el dolor eran vistos como un desafío planteado por la naturaleza y
que el hombre debía saber enfrentar con grandeza espiritual. Es precisamente el
sufrimiento uno de los sentimientos con los que surge más intensamente la
fuerza creativa al obligarnos a buscar en la realidad más honda de nuestro ser,
y los antiguos griegos, ya comprendieron que el arte más excelso no nace de los
momentos de calma y alegría (pues hombres y mujeres lo aceptamos
desaprensivamente sin hacernos preguntas), sino del dolor, a partir del cual
todo ser toma conciencia de su trascendencia y es un impulso para su
sublimación espiritual y artística. Atraída desde siempre por los artistas
afligidos, Marta Murgades (Almacellas, Cataluña, 1979) también ha transformado
el sufrimiento en una inspiración materializada en obras que no sólo son el
reflejo de una angustia personal, sino que pretenden empatizar con el tormento
de tantas otras mujeres a partir de la alegoría de las cariátides.
¿Qué peso soportan esas cariátides a sus espaldas? ¿El peso de toda una historia silenciada que necesita salir, narrarse, dejar de ser ignorada? ¿Por qué enmarcarlas en el seno de ovoides mandorlas? ¿Por qué la constante reminiscencia a formas circulares que, pese a camuflarse sutilmente a modo de elemento decorativo, son en realidad la representación de auténticos pezones y órganos sexuales? La obra de Murgades se sitúa de lleno en el debate del feminismo incipiente: el feminismo de la diferencia. A principios de los setenta, Judy Chicago y Miriam Schapiro, artistas, teóricas y pioneras del arte feminista, se detuvieron en analizar obras hechas por mujeres, desvelando un sistemático empleo de imágenes en forma de obertura vaginal; una abundancia sospechosa de formas sexuales entre las que destacaban pechos, nalgas y órganos femeninos. Ambas, convencidas de que estas referencias no eran más que la necesidad imperiosa por parte de las mujeres de explorar su propia identidad, de plasmar su sexualidad, publicaron un artículo en la revista Womanspace Journal titulado “Imaginería femenina”, en el que reivindicaban la existencia de una iconología vaginal. Esta recurrencia como metáfora del cuerpo femenino la encontramos en los misteriosos pasadizos de Georgia O’Keeffee, en las cavidades vaginales de Lee Bontecou, en las formas ovoides de Deborah Remington o en las imágenes circulares de Judy Chicago; cuarenta años después Marta Murgades sigue, instintivamente esta línea.
Algunas de
sus piezas presentarán, además, otra particularidad: no son mandorlas vacías,
no son formas vaginales huecas, sino protagonizadas, en un parafraseo a
Modigliani, por auténticas Venus prehistóricas. En este sentido, ese retorno a
la raíz, ese guiño a lo ancestral donde la figura femenina se veneraba por su
condición fértil, esa reminiscencia casi ritual a tiempos pasados donde la
mujer se unía en comunión a la naturaleza más pura y sagrada, alude exactamente
al deseo de representar la fuerza
eterna femenina omnipresente y la necesidad de regresar al útero materno, una
“sed de ser”, como manifestó la propia Ana Mendieta, figura clave del feminismo
artístico. Del mismo modo en que Mendieta propuso una unión mística del cuerpo
de las mujeres y la naturaleza como una forma de resistencia frente a la
cultura falocéntrica, en la producción de Marta, la unión mística se produce
con uno mismo, y su obra es el reflejo de una experiencia catártica personal a
modo de viaje interior que materializa a partir del simbolismo.
Las cariátides de
Murgades aparecen como la feminidad que carga a sus espaldas un peso
socialmente impuesto, un rol que cumplimentar, una definición que personificar;
las ya citadas Venus simbolizan la fertilidad de la mujer, complementada con una
frecuente remisión a órganos sexuales y al fluir de líquidos, un aspecto muy
intrínsecamente ligado a la biología femenina y que en las obras de Marta
aparece alegóricamente representado a través de sus figuras bañadas por el mar;
los rostros velados, con claras reminiscencias a esas culturas en las que la
mujer es obligada a ocultar sus facciones, no revelan identidad alguna, una
suerte de feminidad universal, pero que, sin embargo, no duda en personificar a
través de los títulos con constantes alusiones a grandes mujeres de la historia,
como Isis o Eva.
Las piezas, contenidas y emanadoras de un aura de
desasosiego esconden, en realidad, la vitalidad que caracteriza a Murgades. No
obstante, se echa en falta la espontaneidad que brota de la personalidad de la
artista y que le permitiría hacer un arte más sincero con sus impulsos
creativos primigenios. Las pinturas, en las que se aprecia una investigación y
experimentación a nivel técnico (debido en gran medida a su especialización
como restauradora) con fusiones entre diferentes maneras de hacer y materiales
de origen diverso, producen un impacto curioso dando como resultado un arte
personal y original, rasgo difícil de conseguir y altamente apreciado entre los
artistas, y que Murgades ahora, debe aprender a potenciar desprendiéndose del
miedo y del supuesto decoro que encorsetan, aún, algunas de sus obras. La buena
técnica de la artista se hace evidente no sólo en sus pinturas, sino también en
los bocetos, una muestra más espontánea de su arte y que contiene el desgarro y
la frescura que a menudo faltan en sus resultados finales, pues éstos adolecen de excesiva pulcritud. El riesgo es necesario en todo artista y
Murgades, quizá está aún demasiado cohibida,
desaprovechando las evidentes virtudes que posee y que subyacen más libremente,
como hemos dicho, tanto en sus bocetos
como en su escultura.
Por el momento ha tanteado sus posibilidades y en
este camino ya ha encontrado una manera propia de plasmar su sensibilidad, un estilo que ahora debe consolidar confiando más en el dictado visceral
de sus emociones. Como dijo Pablo Picasso, “la pintura es más fuerte que yo,
siempre consigue que haga lo que ella quiere”.
Ana
Ferrero Horrach
Sara
Rivera Martorell
domingo, 27 de enero de 2013
¿Cuál es el futuro de las galerías?
“Yo ya no trabajo con galerías, busco nuevos espacios”, afirmaba el marchante responsable de la exposición de acuarelas del artista Jaime Colorao (Santiago, 1953). La exposición, inaugurada el 24 de enero, se ha comisariado en la peluquería Carlos Martín Peluqueros. ¿Una peluquería? Se preguntarán ustedes; sí sí, una peluquería. Atrás quedan ya las pulcras paredes del cubo blanco. ¿Qué está pasando en el panorama galerístico mallorquín? Mallorca, y en concreto Palma, dispone de una larga tradición de pequeñas galerías que, si bien algunas apuestan por novedades un pelín más arriesgadas de lo que se está acostumbrado a ver en la ciudad, una gran mayoría parece seguir anclada en un tradicionalismo demodé que impide otorgar a Palma el aire renovado que merece y que, al parecer, tanto se resiste a llegar. Se respira cierto estancamiento y se anhela un impulso; un impulso hacia lo nuevo, hacia lo fresco. Los tiempos que corren no acompañan para hacer estrambóticas experimentaciones que puedan salir rana, por lo que la moda parece estar llegando de la mano del trueque: tú promocionas mi espacio y me traes clientes y yo te cedo mis paredes para que te inspires creando; todos salimos ganando! Bares como S’Antiquari o, en este caso, peluquerías como Carlos Martín Peluqueros ya han apostado por esta estrategia y, según parece, el resultado anda siendo exitoso. De esta forma se evita el pago por el alquiler del espacio expositivo y se obvia descaradamente la comisión de la galería. Ruptura de barreras, democratización artística, redes de contactos, influencias multidisciplinares y una vistoria casi asegurada se cuece en estos nuevos espacios tan heterogéneos, multifuncionales y, por supuesto, hiperdecorados. ¿Es este el inicio de una nueva moda que ha de desplazar a las galerías? ¿Es esta una nueva estrategia para acercar el arte a un nuevo público? Sea como fuere, el arte seguirá residiendo allá donde se le dé paso; allá donde ojos atentos y almas abiertas se predispongan a disfrutar, y para ello, señoras y señores, no existen fronteras.
martes, 22 de enero de 2013
Un antídoto hedonista
Galería ArtMallorca
C/Missió, nº 26, Palma.
11 enero - 1 febrero
http://www.joancarrio.com/
El arte, cuando es bueno,
es siempre entretenimiento
Bertold Brecht
El talento es uno de los mejores regalos que cualquier persona en
general y artista en particular puede desear poseer en su colección personal de
adjetivos calificativos. El talento, entendido como la facilidad natural para
el desarrollo de una actividad, bien escaso y demasiadas veces aplicado con
excesiva generosidad, se encuentra sin duda en las manos del pintor mallorquín
Joan Carrió (1969). Carrió es uno de esos pintores de vocación que con una
formación prácticamente autodidacta logra provocar la admiración del público
con obras de técnica impecable, en algunos casos, basada en la superposición de
capas; un homenaje a otra época que esconde un laborioso trabajo, rígido y
frustrante por la lentitud que ello supone, en una sociedad como la actual,
regida por el consumo y la exigencia de resultados inmediatos. Sus obras son
una oda a otro tiempo, a otra manera de hacer, a otro ritmo de trabajo,
recorriendo como buen mallorquín, un camino que, motivado por el reconocido
pintor Pep Munar, empieza en el paisajismo tradicional para desembocar en unas
vistas más contemporáneas del entorno que nos rodea.
Contrariamente a la extendida opinión de que el arte se ha convertido en
algo críptico, en, como diría Baudrillard “un delito de iniciados”, la obra de
Joan Carrió es clara y directa, de fácil lectura y de precisa basculación entre
la fruición estética y el placer de la identificación. La captación de momentos
robados, reinterpretados a posteriori en
el estudio del pintor, donde a menudo se reflejan situaciones distendidas, de relax
y de calma aparente, ofrece al espectador una dosis de optimismo, de
tranquilidad esperanzadora, con un efecto balsámico ante esta sociedad
convulsa.
Las obras, que recrean fielmente distintos rincones pintorescos de Palma, retratan
espacios que todo oriundo tiene grabados en la retina. Es en este punto donde
el placer de la identificación toma partido. Si, parafraseando a Lacan, el
estadio del espejo para la formación del “yo” es crucial, y es a través de éste
y su reflejo cuando se produce la capacidad de percepción de uno mismo, las
obras de Carrió funcionan de forma similar, como un espejo donde el espectador
se reconforta en la identificación de lo que ve. Se centra en Palma, una Palma
que le inspira, de la que intenta extraer pequeños pedacitos de encanto que,
por un motivo u otro, despiertan la atención del pintor y, a modo de recorte,
decide inmortalizar en sus cuadros; “es Palma, es lo que conozco y es lo que me
gusta” afirma el artista.
A menudo, estos espacios están protagonizados por personajes ajenos a
nuestra mirada, como pequeñas ventanas que transportan fragmentos de vida a un
lienzo. En la serie, encontramos algunas piezas donde los protagonistas no
miran con complicidad, sino que dan la espalda al espectador continuando con su
actividad: un café, compras, paseos, charlas o el simple hecho de estar. Estos
rostros velados revelan una falta de identidad de los personajes, donde
nuevamente se reafirma el concepto de la identificación; cualquiera de ellos
podemos ser nosotros.
Sin embargo, esta no será su única estrategia; en otros casos, dota de
absoluta personalidad y carácter, con trazo definido e introspección
psicológica, a una serie de muchachas de mirada insinuante, como ocurre en “La
chica de rojo”, en “Twenties” o en “Polo de naranja”. El contexto comienza a
perder importancia preponderando con toques de delicada sensualidad, y, en
algunos casos, de elegante erotismo, la fetichización de la figura femenina.
Cuerpos expuestos, cuerpos politizados, vestidos a la moda parisina, con
abrigos, cinturones, sombreros y cortes a lo garçon. Pese a despertar una gran admiración por parte del público
femenino, las piezas atienden además, a lo que la mirada masculina espera, pudiendo remitirnos así a la teoría de la
doble mirada de Laura Mulvey, donde se diferencian dos tipos de placeres: el placer
escopofílico, definido como la estimulación de observar lo que se ofrece
expuesto a modo de objeto erótico-sexual, siendo éste el caso de los retratos
de las citadas jóvenes, y el placer narcisista, basado en la identificación,
que Carrió reserva, como hemos visto, para su otra tipología de piezas.
Sin duda alguna, el artista posee el talento necesario para la ejecución de
una pintura bella,
delicada y estéticamente placentera. Tras años de experimentación con diversas
técnicas, su obra, en la que se puede apreciar una constante evolución, ha
conseguido la madurez necesaria para dar el paso hacia la consolidación de un
estilo propio. Sus pinturas, elaboradas con sumo cuidado y gran pasión, tienen
reminiscencias del estilo de los grandes impresionistas y postimpresionistas
-Renoir, Manet o Sorolla. Guiado en su estudio por las evocadoras melodías de
la chanson française, sus cuadros son
el reflejo de ese sentimiento bohemio y hedonista de la vida, presente en el
París de antaño, con una mezcla de tendencias de finales del siglo XIX.
Carrió tiene el potencial, el don extremadamente apreciado de la
gracia innata para plasmar la expresión de los rostros en sus retratos, para
reflejar el sentimiento universal e intergeneracional de la alegría de vivir,
para dotar de vida y de sensualidad a los cuerpos de las mujeres que habitan en
sus cuadros. Es un pintor sincero, que se vuelca con dedicación y estima en
todas y cada una de sus creaciones, un rasgo imprescindible, como él mismo
comenta, para su madre; su mejor crítica.
Como dijo Elbert Hubbard, “el arte no es una cosa sino un camino”, y
Carrió, consciente de ello, avanza reinventándose en cada etapa de su evolución,
con la expectativa de seguir siendo fiel a la espontaneidad de su inspiración y
al trabajo bien hecho. Disfrutemos por el momento de su reciente producción, un
canto a la seducción y al deleite; un auténtico
antídoto hedonista.
Sara
Rivera Martorell
Aina
Ferrero Horrach
viernes, 8 de junio de 2012
CREAR EN TIEMPOS REVUELTOS
Del metarrelato a los microrrelatos. Redefiniendo roles
La realidad es aquello de lo que
puedo hablar con el otro
Nicolás Bourriaud
La
muerte de los grandes relatos ha conducido a la preponderancia de lo visual en
detrimento de lo discursivo. La realidad se transforma en imágenes y la
fragmentación del tiempo en presentes perpetuos. Esta sobrecarga de lo
sensorial y de los simulacros, donde la mercancía se convierte en protagonista,
conduce a la pérdida del referente o del sentido de la realidad. Como diría
Andreas Huyssens «los estandartes y carteleras en sus fachadas indican lo mucho
que el museo se ha acercado al mundo del espectáculo, del parque de atracciones
y del entretenimiento de masas»[1].
El desplazamiento de lo discursivo deriva en la percepción del pasado como
conglomerado de imágenes espectacularizadas, donde cada vez es más difícil
emitir un juicio de valor que dé cuenta de una perspectiva histórica.
El sujeto ha perdido la capacidad de
organizar su pasado y su futuro en una experiencia coherente, por lo que sus
producciones culturales son cúmulos de fragmentos y de una práctica azarosa de
lo heterogéneo, fragmentario y aleatorio.[2]
Esta cita de Jamenson nos acerca a la realidad de lo que
ocurre en nuestro presente; un presente en constante reformulación, donde lo
que anteriormente eran verdades universales regidas por la razón, ahora se
convierten en posibles, fragmentadas y supeditadas al concepto de subjetividad:
los microrrelatos. Poniendo la vista en el escenario artístico se percibe,
derivando de este hecho, esta misma y coincidente reformulación; un panorama
donde lo importante no son los hechos, sino sus interpretaciones, como diría
Vattimo. Así como el tiempo depende de la posición relativa del observador, la
certeza de un hecho no es más que eso, una verdad relativamente interpretada y
por lo mismo, incierta. Este salto, que llega de la mano de la posmodernidad,
iba a traer consigo, no únicamente la reformulación de roles de cada uno de los
agentes integrantes del sistema artístico, sino que la propia naturaleza de la
obra de arte se disponía a recorrer un giro de ciento ochenta grados para
convertirse en un aquí y ahora, en un «site & time specific»[3],
en un metarrelato desgajado en miles de microrrelatos susceptibles de ser
interpretados. Pese a que Calderoni haga
referencia con la expresión «site-specific and time specific» a las prácticas
emergentes en los sesenta, donde el espacio expositivo se vio desbordado por
una producción que forzaba la estética tradicional creando dificultades y, como
designa Tommaso Trini, «una emergencia museográfica»[4],
esta realidad se dilata hasta nuestros días, situando el reto del arte en la
coordenada entre la libertad de los artistas y la inflexibilidad institucional
del espacio expositivo.
Atendiendo a la concepción de obra artística que desprende
el artículo «A Visual Machine.
Art installation and its modern archetypes» de Celant[5],
donde arte y arquitectura se conciben como receptáculos para la ilusión, como
excusas para mostrar, en apariencia, el poder de la imagen, y cuya razón de ser
es demostrar su propia existencia, es replegarse sobre sí misma, es el
simulacro del que nos habla Debord, deberíamos plantearnos si realmente ¿se han
agotado las posibilidades artísticas? El punto de inflexión se encuentra ahora,
y volvemos a los microrrelatos, en ese innecesario afán de formularse como
verdad universal –tal como hacía el metarrelato- que hace que la consistencia
artística persiga únicamente la verosimilitud, es decir, la capacidad de
hacerse creíble en el contexto determinado para el cual fue creado. De ahí, el
éxito rotundo del site-specific, del puro proceso de autosugestión y del
dominio del espectáculo con una tendencia a enfatizar el evento efímero. Pese a
ello, podemos decir que el discurso artístico, y en especial comisarial, se bifurca
hoy en una doble dirección: por un lado, como decíamos, incidiendo en el
desarrollo del proceso, escenificando desde que la idea se concibe hasta su
plena materialización cuando hablamos de site-specific, y por otro, como un
sistema estratégico de representaciones e interpretaciones que moldean los
significados culturales y la recepción de las obras, cuando se trata de
muestras más convencionales. En el primer caso citado, la identidad de la propia
obra artística recae en la importancia de su realización, de la concepción que
emana y finalmente, y en ocasiones, de su propia desaparición. El momento de
creación se convierte, a su vez, en el momento de realización y exhibición,
sucediendo todo ello en el mismo escenario expositivo, dependiente del tiempo y
construyéndose en función a él. Si hacemos referencia al segundo caso (muestras
más convencionales), asistimos a lo que Svetlana Alpers[6]
ha denominado «efecto museo», esto es, la mera acción de exhibir puede transformar
a cualquier objeto en arte. Las exposiciones, con sus discursos, construyen y amplían
el significado de los objetos y estructuran la experiencia del espectador que
los ve. Pero en este proceso de “ver” no sólo es el espectador quien ejerce
este acto, sino que, tal como apunta Tony Bennet[7],
es el «complejo expositivo», como aparato ideológico y mediático, quién mira al
espectador, siendo, a su vez, observado por éste. Ese mismo ojo que todo lo ve
es también el ojo visto por todos, pudiéndose traducir en pocas palabras como
un ejercicio de poder, donde éste (el poder) es, básicamente, conocimiento.
Desde la lectura gramsciana que propone Bennet, el estado
moderno vendría a ser un entramado de proposiciones éticas y educativas, el
centro neurálgico y pedagógico de la ciudad y el espacio expositivo, ubicado en
ese centro, un mero traductor de los intereses del propio estado, encarnando el
poder a través de su capacidad de articular discursos. Pero si el espacio expositivo en su conjunto
pretendía emanar directrices pedagógicas y ejercer control sobre sus
visitantes, cierto es que, volviendo a los nuevos géneros de arte público
(site-specific) es también el propio artista quien puede encarnar el rol de
pedagogo, replanteando estrategias estéticas en términos didácticos[8].
Es
el encargado de integrar ideas de la comunidad en el arte a través del uso de
los media, de la impartición de clases, de exposiciones puntuales, de
discusiones de grupo, de eventos educativos, de consultorios, de escritos… y todo ello integrado en el corpus artístico
y no como algo eventualmente separado[9].
Así pues, si una cosa resta clara de todo esto es que artista, comisario,
museo, crítico y, en especial, la propia naturaleza de la obra artística, se
metamorfosean y se redefinen constantemente para encontrar su lugar en el
entramado artístico.
Tiempos de arte
No es el
arte el que rige el tiempo,
sino el tiempo el que rige el arte
Isidoro
Valcárcel Medina
«¿Cuáles
son los modos de exposición justos en relación con el contexto cultural y la
historia del arte tal como se actualiza hoy?»[10],
se preguntaba Bourriaud, llegando a la conclusión de que el cambio en la
sensibilidad colectiva ha generado una producción artística que nos obliga a
pensar de manera diferente las relaciones entre el espacio y el tiempo. Al
adquirir/degustar una obra estamos comprando/probando una relación con el mundo
concretada a través de un objeto que determina por sí mismo las relaciones que
se producen como consecuencia de ese contacto, la relación hacia otra relación[11].
Y hablando de relaciones, de tiempo, de
espacio y de articulación de discurso no podemos dejar de lado a la síntesis
paradigmática de todos estos conceptos: el archivo. Michel Foucault definía al
archivo como el sistema de «enunciabilidad» a través del cual la cultura se
pronuncia sobre el pasado.[12]
La memoria se basa en las relaciones; no es un espacio determinado, en un
tiempo concreto, sino un particular conjunto de temporalidad y relaciones
espaciales que son dinámicas -aludiendo al concepto de memoria dinámica de Hans
Ulrich Obrist[13].
Así pues, al archivo, a parte de la memoria (mnemé o anamésis), se le
puede asociar otro principio rector como es la hyponema (la acción de recordar). Son principios que se refieren a
la fascinación por almacenar memoria y salvar la historia en tanto que contraofensiva a la «pulsión de muerte», una pulsión de
agresión y de destrucción que empuja al olvido, a la amnesia, a la aniquilación
de la memoria[14].
Recordar, como una actividad vital humana,
define nuestros vínculos con el pasado, y las vías por las que nosotros
recordamos nos definen en el presente. Como individuos e integrantes de una
sociedad, necesitamos el pasado para construir y ancorar nuestras identidades y
alimentar una visión de futuro[15]
Pero si nos centramos en la concepción de archivo
foucaultiana, éste no es
concebido ni como un conjunto de documentos, registros, datos, memorias que una
cultura guarda como testimonio de su pasado, ni como una institución que se
encargada de conservarlos. En Arqueología
del saber[16]
Foucault sostiene que el archivo es lo que permite establecer la ley de lo que puede
ser dicho, el sistema que rige la aparición de los «enunciados» como acontecimientos
singulares, haciendo alusión a los «enunciados» como a la «pura existencia», al
«afuera del lenguaje», al estado bruto. Así pues, los documentos deben
trabajarse desde su interior, fragmentándolos, ordenándolos, distribuyéndolos,
señalando elementos, creando discurso… y será en este proceso de conocimiento
donde el propio archivo emanará sus propios «enunciados». De ahí que Hans Ulrich
Obrist concibiera como contrarios los sistemas de funcionamiento de una
exposición temporal y de un archivo, donde en el primer caso la práctica
curatorial va en busca de la articulación de un discurso que se construye y se
genera durante el proceso, mientras que, partiendo de la ruina romántica, al
archivo hay que dejarle hablar por sí mismo, que él mismo genere discurso.
Partiendo de este hecho remitirnos a lo que afirma Jorge Blasco cuando alude a
la exposición de un archivo. Al interpretar un archivo con valor documental y
recrear la memoria construida, reconstruida y recitada hasta la saciedad, ese
documento se convierte en el reflejo de una versión de la historia, que acaba
sacralizando la memoria pero que, sin embargo, la convierte en estéril[17].
Tal como hemos señalado, el pasado se ha convertido en algo complejo de
administrar, percibiéndose como un conglomerado de imágenes que, pese a
confusas, son susceptibles de ser analizadas desde una multiplicidad de puntos
de vista, en correlación con esa pérdida de referentes universales y verdades
dogmáticas. El archivo se convierte pues, en el receptáculo de nuestra memoria,
en un lugar que la preserva y protege ofreciéndose como una de las mejores
formas para la construcción de microrrelatos sobre posibles pasados. Un uso
patrimonial de los documentos que configuran un archivo, si únicamente se
utilizan para narrar con literalidad sin expresar nada, acaban monumentalizados
y recitando el mismo discurso de siempre, agotando a la historia en sí misma: «se
construye un recuerdo como reafirmación de un discurso histórico»[18],
que en una era donde se han superado los metarrelatos, carece de sentido alguno.
Con el fin de evitar caer en la hipertrofia de la memoria, por citar un caso
remarcable, aludir al Archivo General de la Guerra Civil Española (AGGCE),
constituido como un «memorial-site» que se mantiene intacto tal como estuvo en
su día, sin una interpretación histórica narrada que lo obligue a exhibirse de
tal forma, sino más bien, un archivo abierto al público y susceptible de
discursos flexibles pero no encorsetados.
A modo de coda final
Y
reincidiendo nuevamente en aquellas primeras líneas en las que apuntábamos como
Jamenson define al sujeto moderno aludiendo a aquel que ha perdido la capacidad
para ordenar su pasado y su futuro en una experiencia coherente, muchos serán
los artistas que frente a ese conglomerado del que habla el autor y frente a los
procesos de abstracción tan presentes en el discurso contemporáneo, volverán a
lo físico, a la manía del orden, a la nostalgia evocativa, intentando recuperar
el concepto de memoria vinculado a la capacidad de recordar como actividad
humana vital que define nuestros vínculos con el pasado, para ayudar a
comprender el presente. Tal es el caso de Hans Peter Feldmann, Gerhard Richter,
On Kawara, Rosangela Rennó, Fernando Bryce, The Atlas Group, Christian
Boltanski, Hanne Darboven, Susan Hiller, Bernd & Hilla Becher, Thomas Ruff,
Andreas Gursky, Thomas Struth o Pedro G. Romero, por citar algunos ejemplos.
Nuevamente
si, como un pez que se muerde la cola, volvemos al inicio, donde apuntábamos
que el agotamiento de los grandes relatos ha hecho preponderar lo visual por
encima de lo discursivo, y que bien es cierto que la imagen ha desplazado a la
palabra; que donde antes encontrábamos un comentario artístico-literario ahora observamos
imágenes procesuales; que el teléfono móvil prefiere enviar fotografías que
escribir mensajes, y que las bibliotecas tienen sus días contados, no siempre
una imagen vale más que mil palabras. «Comprender un relato no es sólo seguir el desentrañarse de
la historia, es también reconocer estadios, proyectar los encadenamientos
horizontales del hilo narrativo sobre un eje implícitamente vertical», decía
Barthes[19],
y para dicha comprensión ¿qué mejor que la simbiosis entre lo visual y lo discursivo?
Tanto archivo como exposición, ambos con apoyo visual y generadores de discurso
textual, deben ser vistos, como apuntaba Blasco[20]
y no sin razón, como expresiones de una misma tendencia del ser humano: la
construcción de nuestra propia realidad mediante su análisis, gestión, control
y representación.
[1] Huyssen, Andreas. Twilight memories: marking time in a culture
of amnesia. Ed. Routledge, Londres, 1995, p.
64.
[2] Jamenson, Fredrick. El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Ed. Paidós,
Barcelona, 1991, p. 14
[3] Calderoni,
Irene. «Creating Shows: Some notes on exhibition aesthetics at the end of the
sixties» en O’Neill, Paul (ed.), Curating
subjects. Open Editions, London, 2007, p. 66.
[4] Citado por
Calderoni, Irene en «Creating Shows: Some notes on exhibition aesthetics at the
end of the sixties» en O’Neill, Paul (ed.), Curating
subjects. Open Editions, London, 2007, p. 64.
[5] Celant, Germano. «A
visual machine. Art installation and its modern archetypes», en Greenberg, Reesa.
et al. (ed.), Thinking about Exhibitions,
London/NY, Routledge, 1996.
[6] Alpers, Svetlana. «The Museum as a Way of Seeing» en Exhibiting Cultures. Ed. Ivan Karp and
Steven D. Lavine, Washington, 1991, p. 26.
[7] Bennett, Tony. «The
exhibitionary complex» en Greenberg Reesa et al. (ed.), Thinking about Exhibitions, London/NY, Routledge, 1996, p. 73-101.
[8] Lacy,
Suzanne. «Cultural Pilgrimages and Metaphoric Journeys», en Mapping the
Terrain: New Genre Public Art. Ed. Bay
Press, Seattle, 1995, pp. 39-40.
[9] Ibídem.
[10] Bourriaud, Nicolás. Estética relacional. Ed. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2008, p. 56
[11] Ob.
Cit. Bourriaud, Nicolás, p. 58.
[13] Manacorda,
Francesco, Ulrich Obrist, Hans. «Archiving Time» en Manifesta Journal nº6. Monog: Archive: Memory of the Show, Silvana
Editoriale, 2008, p.p. 322-327.
[14] Guasch, Anna Maria. «Los lugares de la
memoria: el arte de archivar y recordar.» en Materia5, 2005. Disponible en: http://www.raco.cat/index.php/Materia/article/viewFile/83233/112454
[Consultado 28/05/2012]
[15] Huyssen, Andreas. «Monument and Memory in a Posmodern
Age», en Young, James. The Art of Memory.
Holocaust Memorials in History. Ed. Prestel, Munich, 1994.
[17] Blasco, Jorge. «Notas sobre la posibilidad
de un archivo» en Culturas de archivo.
Vol. 1. Ed. Fundación Tapies y Universidad de Salamanca, 2002, p. 64
[18] Ob.
Cit. Blasco, Jorge, p. 64.
[19]
Barthes, Roland. “Introducción al análisis estructural de los relatos” en El análisis estructural. Buenos Aires,
1977, p. 64.
[20] Ob.
Cit.
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